2 jun 2026

El exilio

 

 
 

 
 
 
 
 
 
Prats de Molló 11/3/39 Sr. José Mascort
Queridísimos padres:
Escribo esta con la esperanza de que llegue a vuestras manos. Debéis estar ansiosos ¿verdad? Pues lo primero que os digo es que no debéis preocuparos por mí. Estamos en un campo de concentración en Prats de Molló y por cierto estamos bien, nos dejan ir al pueblo a tomar alguna cerveza y a comprar botes de leche, etc. lo único que faltan son francos. Pero bueno ya nos arreglamos. Estoy con Máquez y otros de la Brigada. Están conmigo l’Estañol y un Pere Bataller. En Malman(?) van también pasaron la frontera primero que nosotros y veo que está en algún otro campo. Lo que me interesa es que me comuniquéis lo...
 hay modo de poder escapar.
Bueno os digo desearía tener enseguida noticias vuestras. Escribidme a esa dirección:
Ventura Márquez Rue des Barrier nº 8 Mazamet (Tarn) France
Esperando poderos abrazar se despide vuestro hijo que mucho os quiere!
Victor
¿Como está la France? Dadle mil besos de mi parte.

Mi historia, mi abuelo Víctor Mascort en el frente

 

Reclutamiento.

En 1938, la guerra había entrado en una fase de desesperación. El presidente Juan Negrín mantenía una única consigna: "Resistir es vencer". Su esperanza —y la de toda la República— era que la tensión en Europa estallara en una nueva guerra mundial, obligando a Francia y Gran Bretaña a entrar en el conflicto contra la Alemania nazi y, de rebote, ayudar a la República española.

   Para ganar tiempo, Negrín necesitaba hombres que frenaran a las tropas franquistas. El reclutamiento adquirió un ritmo frenético. Ya no bastaba con los voluntarios; la movilización se volvió implacable bajo la amenaza de severos castigos. Las cifras mareaban: el Ejército Popular llegó a movilizar a 1,7 millones de hombres en 28 reemplazos, superando en número de levas (aunque no en recursos) a los 1,26 millones del bando nacional.

Ambos bandos implantaron el servicio militar obligatorio en verano y otoño de 1936, bajo la amenaza de ser castigados si no obedecían a los decretos militares del bando correspondiente. La mayoría de los españoles fueron obligados a ir a la guerra.

Para Víctor Mascort, la política de Negrín tuvo una consecuencia inmediata y personal. El 12 de abril de 1938, Víctor cumplió 18 años. En tiempos de paz, habría sido un día de celebración. Pero en 1938, cumplir 18 años era una sentencia y un castigo.

Fig.11 Deulofeu Quintana, R. (12 de abril de 1938). Bando sobre el servicio militar y movilización. (A.M.P)


Ese mismo día, las paredes de Palafrugell amanecieron empapeladas con una sentencia que anulaba cualquier festejo.Era un bando oficial firmado por el alcalde, Ramir Deulofeu Quintana. El texto no era una simple notificación administrativa; era un ultimátum a la juventud del pueblo, a la leva de 1941. La autoridad municipal ordenaba la movilización inmediata y recordaba a todos los varones su obligación ineludible de presentarse ante la Alcaldía o en los centros de reclutamiento e instrucción de Girona.

RAMIR DEULOFEU QUINTANA, Alcalde de esta villa,

HAGO SABER: Que, con el objeto de que nadie pueda alegar ignorancia respecto a lo dispuesto en la Orden circular de la Presidencia del Consejo de Ministros de la República de fecha 8 del mes en curso, recuerdo a todos los residentes en este término municipal que por su edad les corresponda prestar el servicio militar y no se encuentren prestando servicio en las unidades competentes, la obligación que tienen de presentarse inmediatamente en esta Alcaldía.

Igualmente recuerdo que a las 12 horas del día de mañana, termina el plazo concedido por la mencionada Orden, para que todos los individuos pertenecientes a levas movilizadas y que se encuentren fuera de sus unidades se presenten en el Centro de Recuperación o al de Reclutamiento, Instrucción y Movilización de Gerona, ya que de no hacerlo, sin plena justificación, serán entregados a los Tribunales Militares para ser juzgados ante ellos por el delito de alta traición.

Finalmente se hace recordatorio de que quedan caducados todos los permisos de que esté disfrutando el personal de tropa de las unidades combatientes y de los servicios, así como también los jefes y oficiales, debiendo todo este personal incorporarse a su destino inmediatamente por el procedimiento más rápido, teniendo en cuenta que incurrirán en el mismo delito antes mencionado quienes, después de hoy, no se encuentren en sus unidades. Igualmente queda cancelada la situación de alta y cura (convalecencia), incorporándose también a sus Cuerpos el personal que la disfrute.

Los que eludan el cumplimiento de las precedentes obligaciones serán detenidos y entregados a las autoridades militares.

Palafrugell, 12 de abril de 1938 El Alcalde, (Firma y sello)


Víctor fue testigo directo de ese reclutamiento forzoso, quien no acudiera sería acusado de "delito de alta traición".  La orden no dejaba escapatoria. Ramir Deulofeu, actuando como la voz del gobierno central en la villa, había firmado la leva.

Así, el día de su cumpleaños marcó también el final de su juventud en Palafrugell. Víctor tuvo que meter en una maleta lo poco que le permitían llevar y emprender el camino hacia Girona, el primer paso de un viaje que lo llevaría a las trincheras del Segre. No hubo tiempo para ser mayor de edad en paz; la guerra lo reclamó en el acto.

El  28 de abril de 1938, Víctor fue movilizado. Pertenecía al reemplazo de 1941, pero la urgencia de la guerra obligó a llamarles tres años antes. Eran la "Quinta del Biberón": chicos tan jóvenes, entre 16 y 18 años.

Se cuenta que, al ver a los jóvenes reclutas marchando hacia el frente en 1938, Federica Montseny exclamó: "¿Pero todavía nos queda el biberón?". Esta frase, pronunciada con una mezcla de horror y asombro por la juventud de los soldados, acabó dando nombre a toda una generación de combatientes. 

 Los alcaldes eran los responsables de los llamamientos y de enviarlos a caja de recluta; las razones están en que las autoridades locales tenían información más fiable. 

Entre el 26 y el 28 de abril, los mozos de Palafrugell fueron citados. Víctor se presentó, probablemente con esa mezcla de miedo y resignación, sin ser consciente  de todo lo iba a dejar atrás para siempre: la oficina de la Armstrong, los partidos de fútbol y las excursiones a buscar setas. Ese 28 de abril, con la firma en la caja de recluta, se inició su camino hacia el frente, no fue solo, muchos jóvenes le acompañaron, muchos amigos como Bofill…



                    Fig. 11. Orden oficial de movilización militar emitida el 26 de abril de 1938 por el Gobierno de la República.




                  Fig. 12. Edicto municipal de movilización del reemplazo de 1941.



El alcalde de Palafrugell, Ramir Deulofeu Quintana, fue responsable del llamamiento; debían presentarse en las siguientes 48 horas en el Centro de Reclutamiento, Instrucción y Movilización número 19 de Gerona, llevando consigo manta, zapatos, plato y cubierto.

Los jóvenes de los partidos de Gerona, La Bisbal y Figueras debían presentarse el 28 de abril de 1938 a partir de las 8 de la mañana. Los de Olot, Santa Coloma de Farners y Puigcerdá lo harían el día 29. El punto de reunión principal fue el Cuartel de la Libertad en Gerona. Para asegurar la identidad de los reclutas, estos debían ir acompañados por un Delegado designado por el Consejo Municipal.

"Niños en alpargatas"

Aquella no fue solo una guerra de soldados jóvenes e inexpertos; fue, sobre todo, una guerra de pobres. El ejército republicano se nutría de muchachos que acababan de cumplir los dieciocho años, apenas unos niños lanzados al matadero sin tiempo para recibir instrucción militar. Se convirtieron en carne de cañón en las crueles batallas del Segre y del Ebro, donde muchos murieron gritando el nombre de sus madres en sus últimos lamentos.

La precariedad era absoluta. En la Caja de Recluta, la orden era clara y desoladora: cada soldado debía traer de su casa lo básico para subsistir —manta, zapatos, plato y cubierto—. El Ejército Popular no tenía ni para vestir a sus hombres. Mientras el enemigo avanzaba bien pertrechado, los reclutas como Víctor marchaban al frente calzando simples alpargatas de esparto.

Imaginad la dificultad de combatir en terrenos pedregosos, bajo la lluvia o la nieve, con un calzado de cuerda. La supervivencia dependía del ingenio y, a veces, de la frialdad obligada por la necesidad. Mi abuelo contaba una anécdota que ilustra perfectamente esa miseria: para no congelarse los pies, tuvo que quitarle las botas a un soldado italiano muerto. Aquellas botas de cuero, de un enemigo bien equipado, fueron la herencia macabra que le permitió seguir caminando mientras sus propias alpargatas se deshacían en el barro.


Los mozos fueron reclutados el 28 de abril, y las primeras noticias que tenemos de Victor Mascort son del 3 de mayo de 1938. Se encontraba en Gerona, en el hostal Marina; cuenta que todavía deambulaba por la ciudad sin destino, y siempre insistiendo en que no se preocuparan, y  que se encontraban bien. La censura era estricta en las cartas; los soldados debían transmitir ánimo y paz a las familias.

Según Andreu Caralt, en Cataluña fueron reclutados 27.000 biberones, un 11% de inútiles, desertores y embocados. Así que cruzaron el Ebro 10.000 biberones; entre los muertos y desaparecidos, un cuarenta por ciento, casi la mitad.


5.4 El infierno del frente: Andreu Canet.

Esta historia contrasta con la carta del día 24 de mayo. Por ello es tan importante el testimonio de otros biberones. Las cartas censuradas de Víctor nos aportan la cotidianidad burocrática del frente, el alivio de la supervivencia y la necesidad de proteger a la familia. Pero no reflejan la matanza que estaba ocurriendo a escasos kilómetros de su máquina de escribir.

Andre Canet fue un biberón que nos cuenta cómo pasó sus días en la misma brigada y división que Victor Mascort. Debo agradecer al historiador Andreu Caralt y al periodista Víctor Amela por haber rescatado su testimonio. Esto me ayuda a contar la terrible realidad del frente.  Fue movilizado el 28 de abril y era de una familia muy humilde de jornaleros, que vio marchar a sus cuatro hijos a la guerra. 

Mientras Víctor se instalaba en su litera, Canet vivía el terror desde el primer minuto. Tras una instrucción casi nula (el 18 de mayo), el 23 de mayo comenzaron las largas caminatas hacia la segunda línea de combate. Allí conocieron el sonido de "las locas", las temibles baterías alemanas que disparaban cuatro proyectiles de golpe.Por la noche nos sacaron de allí sin bajas.

El 26 de mayo, un día antes de que Víctor escribiera a casa presumiendo de haber engordado tres kilos, la realidad de Canet en su camino hacia Montgai era dantesca. Llovía a cántaros y las mantas empapadas apenas les cubrían. El paisaje a los lados de la carretera era un presagio: literas con heridos bajando hacia los hospitales de campaña y cadáveres abandonados allí donde habían caído.

Pronto llegó la orden que helaba la sangre a cualquier recluta: Calar bayonetas. Dominados por el pánico, avanzaron hacia La Sentiu de Sió y la infame cota de El Merengue. Se desplegaron en forma de abanico, en un terreno donde el enemigo dominaba desde las alturas. Sin protección real, parapetándose tras rocas y árboles solitarios, la Quinta del Biberón fue masacrada. Las balas silbaban, los morteros reventaban la tierra y los mandos caían. Canet vio morir a un teniente, a un sargento y a un compañero alcanzado por un mortero. De su reducido grupo de cinco, solo quedaron dos. Durante la noche sigue el combate con menos fuerza; ya no disparan los cañones, sobrevolaba la aviación, solo quedaban los de infantería y morteros. Resplandecían los disparos; contábamos con pocas balas y sin bombas de mano. Avanzamos y nos separamos de la compañía. Estaban junto a las ametralladoras y se acercó mi capitán. A mi compañero una bala le destrozó el muslo; le hice un torniquete; había perdido su manta, así que le envolví con la mía para evitar que muriera de frío y shock . Nuestro capitán nos ayudó y felicitó.

Al amanecer, tras sobrevivir a la carnicería de La Sentiu y el Merengue, cuando la historia de Andreu Canet y la de Víctor Mascort amenazan con cruzarse en una escena que resume toda la tragedia de la Guerra Civil.

El batallón de Canet había quedado deshecho. Exhausto, cubierto de barro y sin manta, el joven soldado acudió a las oficinas de la Plana Mayor para dar el parte de los caídos y desaparecidos. Allí, al otro lado de la mesa, un escribiente escuchó el desastre. Ese escribiente —que muy bien pudo ser Víctor o alguno de sus compañeros del Comisariado de la 224.ª Brigada— le entregó una manta nueva.

Cuando Canet, muerto de hambre, pidió algo de comida, la respuesta del escribiente fue demoledora:

"Podéis coger toda la comida que queráis. De una compañía de 138 hombres, solo quedáis 48.".

Noventa muchachos habían quedado en la ladera del Merengue. De pronto, la "cocina fantástica" de la que Víctor hablaba en sus cartas cobraba un sentido macabro. La abundancia en la retaguardia de la brigada no se debía a una buena logística del ejército republicano; se debía a que los suministros calculados para una compañía entera ahora se repartían entre los pocos que habían logrado regresar vivos.

Víctor escribía a máquina; Andreu disparaba y ponía torniquetes. Ambos tenían dieciocho años. Ambos hacían lo único que se les pedía: intentar llegar vivos al día siguiente. Canet estuvo en primera línea del frente debído a sus orígenes humildes, la educación recibida por Víctor le situó también en el frente pero en retaguardia, junto a su comisario. 

Gracias a la historia oral, contamos con este relato en primera persona del infierno vivido por estos muchachos que apenas contaban con la mayoría de edad. El escribiente que le dio la manta pudo ser Víctor Mascort o alguno de los del comisionariado.

Las cartas contrastan con la tremenda realidad del frente; solo nos aportan una realidad muy sesgada de la misma. ¿Qué información obtenemos de ellas? Lo más importante y que aporta esperanza a la retaguardia es que el soldado seguía con vida y que sobrevivía a un infierno que en ningún momento es descrito en ninguna de las cartas del frente.